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jueves, 3 de marzo de 2011

Entre Pliegos de Arcilla

“
Un día la Tierra y la Lluvia se amarán tanto
que renacerán de entre los ecos del silencio.
Les encontrarán abrazados entre pliegos de
arcilla, como dos pergaminos inseparables.”
_ Lluvia _

Mi querida Irene:
Con estos versos que tan sutilmente, sin apenas atreverte a confesarlo, me insinuaste por primera vez que me querías, encabezo mi carta mientras busco entre el cajón desordenado de mi mesa las viejas lentes que me ayuden a continuar.
Tengo los ojos cansados, como el alma, vagando eternamente en la infinita soledad de los recuerdos, como hermosa sucesión de sentimientos que buscan el caudal sereno del sosiego. Me apago lentamente entre los espacios del vacío, en ese hueco a mi lado que no ocupas, y hasta el cuenco de mi mano llora la ausencia de tu piel y tu contacto.
Los días han duplicado sus horas desde que no estás conmigo, dibujando atardeceres lentos en un cielo carente de matices que siempre es gris sin tu presencia. El canto de los pájaros resuena ahora débil e intermitente, los colores se han tornado más opacos, y hasta las piedras de nuestra calle te echan de menos.
Hoy he vuelto a pasear por aquel parque y me he sentado otra vez en nuestro banco. ¿Recuerdas Irene?. Era febrero y llovía... así empezó todo.
Yo caminaba cabizbajo, absorto en mis asuntos como siempre, ajeno a casi todo. Me llamó la atención ver a alguien leyendo a cobijo de un paraguas, sentada plácidamente en un banco del parque, en perfecta comunión con la lluvia que el cielo derramaba, como parte habitual de aquel paisaje. ¡Ni la mejor postal de la época hubiera inmortalizado aquel momento con tanta nitidez!. De pronto, el siri miri se convirtió en agua abundante que caía esparcida en grandes goterones, y con gesto amable me invitaste a compartir aquel paraguas.
Recuerdo mi torpeza inicial, mi imprecisión y el continuo ir y venir de las manos temblorosas recorriendo rítmicamente la pernera de los pantalones, del muslo a la rodilla y viceversa, sin saber muy bien donde ubicarlas. Mientras tú, te mantenías serena dominando la situación perfectamente, como si fuera repetida o familiar y la hubieras vivido con anterioridad. Busqué con la mirada el título del libro entre la portada amarillenta, intentando encontrar la astuta complicidad que me llevara a entablar conversación cortando el hielo, pero no me diste tiempo. Te anticipaste a mi silencio, y con sólo un par de frases iniciales, me vi de pronto inmerso en un distendido diálogo, contándote mi vida con pelos y señales, como si la lluvia no estuviera cayendo, el paraguas no existiera, y yo, hubiera estado contigo toda la vida, inexplicablemente, en una extraña sintonía armoniosa, como si de otra dimensión de la existencia se tratase.
Nos mantuvimos allí durante horas, bebiéndonos la vida a grandes sorbos, como plantas sustentadas por la luz, y así, en armonía acompasada, fuimos pasando de un tema a otro apenas sin darnos cuenta, estableciendo una magnífica conexión que aún hoy, al recordarlo, conserva el cálido perfil de los milagros.
Me cautivó tu dulzura inmortal y el brillo delator de tus pupilas cuando mi mirada buscó la tuya hasta perderse en el prodigioso imperio de tus ojos. No se calcular el tiempo que pasé inmerso en el indescriptible paisaje de tu expresión juvenil, pero al dejar de mirarte, volaban mariposas en tu risa y mi estómago saltaba atropellado.
Te quedaste en la orilla de mi sueño aquella tarde y al arrullo del susurro de las hojas, el amor plasmó su sello en nuestras vidas.
Terminamos ironizando la situación y haciendo mofa de nosotros mismos por estar en una jornada tan gris, como dos adolescentes embobados, debajo de aquel paraguas que tan certeramente nos había unido. Y en honor a aquel bello instante, consolidando el momento sublime te bauticé para siempre con el nombre de “Lluvia”. Más tarde, harías tú lo mismo conmigo alegando que el agua necesitaba un terreno firme que empapar, y así pasaste a llamarme “Tierra”,dos nombres que adquirirían a partir de ese momento total sobriedad en nuestras respectivas identidades, llegando en términos amorosos a sustituir a los nuestros.
Lluvia, mi querida Lluvia, nos despedimos al atardecer de aquella fecha, que por ser catorce de febrero, estaba ciertamente destinada a dar sus frutos. Y a ese encuentro le sucedió otro, y otro aún más cálido, y otro, y otro más en los que ya no podíamos ocultar lo que sentíamos ni parar el caballo veloz y desbocado que trotaba a sus anchas en lo más profundo de nuestra esencia.
Aún recuerdo aquel primer beso como un soplo de aire puro. Mis labios ardientes calmando tu sed de vida, y tu saliva, como cascada cristalina bajo el cielo de una noche de luciérnagas, mientras nuestras lenguas permanecían entrelazadas en un abrazo de amor irrefrenable. ¡Ardimos en fuego de pasiones tantas veces! que mis manos inexpertas aprendieron a dibujar la infinita hipotenusa de tu cuerpo cual perfectos pinceles, sin más testigos que la luna ni más sonido que el chirriante latido del amor.
Inmortalizamos nuestra unión con el rito de la época, de blanco y por la iglesia, y Dios nos bendijo con tres hijos sanos y robustos que crecían al amparo de nuestro confortable hogar, propiciándonos tantos momentos de felicidad, que aún hoy, después de veinte inviernos el bello se me eriza al recordarlo.
Carmiña, Paula y Juan, como su padre. ¡Cuanta dicha aportan los hijos, cuanta dicha y cuanto dolor a veces!
Nos instalamos en aquella hermosa casa rodeada de jardín para que ellos pudieran disfrutar de sus juegos sin peligro. Era un bello entorno, con la estación del ferrocarril de fondo, y nos acostumbramos al silbido del tren y al sonido de los raíles sobre la vía, como una grata melodía que acompasaba nuestras noches, esas noches de lluvia sobre todo, en las que el “Talgo” de las cuatro te hacía darte la vuelta y abrazarme, como un dogma aprendido.
No, mi querida Lluvia, tú no tuviste la culpa de nada. Tú no eres responsable de que el pequeño Juan burlara el cerrojo de la verja aquella tarde y saliera corriendo hacia la vía, ni de que Paula fuera tras de él a toda prisa al advertir su ausencia; ni de que el mercancías de las ocho se cruzara en su camino segando sus vidas para siempre en aquel maldito paso sin barreras. Ni fuimos culpables de elegir aquella casa donde tanto disfrutaron y disfrutamos hasta que se desencadenó la tragedia. Ni yo me acuso por llegar aquel día más tarde del trabajo, ni siquiera el jefe, que me retuvo a la fuerza, tiene responsabilidad alguna ante los hechos.
Las cosas pasan porque pasan, mi eterna Lluvia, y todo fue un cúmulo de malditas circunstancias, una espiral de sucesiones en cadena que nadie pudo evitar. ¡Estabas en la cocina haciéndoles rosquillas! ¿Cómo puedes sentirte responsable de nada?.
¡Me duelen demasiado los recuerdos! me atraviesan el alma y los sentidos como fieras alimañas que destrozan a su víctima a dentelladas. Yo tampoco he mitigado el dolor, sólo yace diseminado en algún lugar de la conciencia bajo toneladas de escombros, de deshechos de hombre y jirones de piel atormentada.
¡Mi dulce Lluvia! ¡Mi soñadora incansable! ¡Mi poeta!. Se acabaron los versos y las rimas aquella tarde de octubre en tu memoria. Se eclipsó la luz del astro rey cobijando tus lágrimas de madre impotente cuando el cuerpo de Juan reposaba sin vida en tu regazo mientras intentaban apartarte del lugar para que no vieras a Paula, mal herida unos metros más arriba.
Aquella tarde, al estrecharte entre mis brazos, supe que te había perdido para siempre. Tu mirada desvanecida en el vacío y tu discurso incoherente, incapaz de conjugar un frase con sentido, hizo que la realidad sacudiera mis sueños proclamándose mensajera de designios irrefutables y llevándose hasta el último resquicio de esperanza.
Yo había perdido dos hijos ese día, pero enterraba tres almas, porque eso es lo que me quedó de ti, mi inmensa Lluvia, tu cuerpo; tu cuerpo desvalido y tus recuerdos... todos tus recuerdos, porque tu alma murió en aquella vía, igual que ellos.
Tras largos meses de terapia sin resultado, me aconsejaron internarte en un psiquiátrico, para que la recuperación fuera más rápida. He firmado desde entonces el consentimiento informado de mil avances nuevos, de mil tratamientos de choque diferentes que logren sacarte del mutismo que te embalsama, de la constante ausencia que rige tu calendario, varado injustamente en el pasado.
Acudo fielmente a nuestra cita, como aquella tarde, y me siento en un banco contigo en los días de lluvia, bajo aquel paraguas que aún conservo, repitiéndote cada frase, amor mío, con la misma ilusión e igual cariño, porque si hay algo que me quema en las entrañas es el amor que te profeso.
Sí, mi amada Lluvia, yo sigo siendo la Tierra que te aguarda expectante, ansiosa por quebrantar tu silencio y lacerarte cual débil rama hasta burlar la falsa libertad que te encadena, y beberme otra vez la vida contigo, como entonces.
Necesito tu mano para atravesar este paisaje de tinieblas intransitables que me rodea desde que tu mente ha olvidado el sonido de mi nombre.
Flota en el aire una vana sensación de angustia suspendida. Yace el recuerdo varado en el amor, y no al contrario, porque si hay algo que conservo intacto es la herencia sagrada de los sentimientos, por eso, aunque me debato a bofetadas con la soledad, no me derrumbo. Tus grandes pupilas de misterio aún siguen clavadas en las mías que te observan implacables, como ese campo fecundo a los sentidos que ayer fuiste. Quiero beber del río de la vida y que tú bebas conmigo; sobrepasar la frontera del tiempo y sepultar contigo el dolor de los adioses al calor de las turbinas de dos corazones que laten al unísono. Mi alma aún conserva tu eterno gesto de ternura dibujado, por eso, mi Lluvia fresca, cuando el camino se torne más arduo, quiero exhalar mi último aliento a tu lado y quemarme en el aire que respiras, hasta resucitarte. Y volar con las alas del viento, atreviéndome a gozar de tu presencia hasta volver a sentirte escultura esculpida por mis manos. Y recorrer de nuevo aquel paisaje sobre la alfombra de flores que la primavera tejió en tu ausencia, inundando tus sentidos de amor, hasta que sientas que siempre nos hemos pertenecido, que aún nos tenemos el uno al otro, mientras la noche te acuna en mi regazo.
Lluvia, mi eterna Lluvia... Yo quiero ser esa Tierra que te empape de nuevo, como entonces, como en aquellos versos iniciales que me hablaban de tu amor por vez primera, y volver a ser dos pergaminos, donde fuimos arcilla enamorada. Te añoro en cada tramo de la Tierra, en cada grano que late contenido demandando la Lluvia de otro tiempo.
Por eso, amor mío, mañana, como cada catorce de febrero desde entonces, acudiré puntual a nuestra cita y te leeré esta carta mientras te colmo de besos ante la perpleja mirada del celador de turno, que una vez más se preguntará en silencio para qué hago eso si ya ni siquiera me reconoces.
Y lo haré, mi dulce Lluvia, porque yo aún recuerdo muy bien quien eres tú, porque te espero cada noche esperanzado, porque no he dejado ni un sólo minuto de quererte, igual que entonces, y porque me seguiré dejando la piel en cada intento hasta que un día cualquiera, mi amor te gane la batalla y me despiertes de nuevo al arrullo inconfundible de aquellos versos... de aquellos primeros versos, y volvamos a ser arcilla enamorada...

Tu amado... Tierra

El Restaurador de Muñecas

_ Accesit del VIII Certámen de Relatos Breves de Navidad _
(2007)
¡Volveré para la cena, María! ¡Mantén el fuego encendido, el pavo en el horno, la sidra fría y la sopa caliente! ¡Que la tristeza sea la única ausencia en nuestra mesa!... ¡Es Navidad!
José, el último artesano de muñecas, se embutió en su pelliza de cuero, se colocó la visera y los guantes y salió como cada atardecer por estas fechas a “hacer la ronda”, como a él le gustaba definir a aquel recorrido que año tras año realizaba durante la noche de Nochebuena como un ritual aprendido y casi obligado.
Meditaba cabizbajo mientras empujaba el viejo carretón que ya sabía el camino casi tan bien como él. El chirrido del engranaje de las ruedas y el crujir de la madera agrietada por la huella del tiempo, le recordaban cuántos años llevaban juntos haciendo el mismo trayecto y cómo habían cambiado las cosas desde que acompañara a su padre por vez primera cuando era niño.
Las intensas heladas de los inicios del invierno, y las nieves generosas y madrugadoras, agravaban en esta época su artritis reumatoide, que se rebelaba contra el frío anquilosando sus dedos deformados entre el cuero desgastado de los guantes.
__Qué diantre! , decía para sí. ¡Qué lejos me quedan aquellos años en los que el invierno sólo era un cambio transitorio de estación en mi ropero!... ¡Me hago viejo, demonios!
Caminaba sin prisas ajeno al gentío que se dispersaba acelerado para no perderse la cabalgata de “Santa Claus.”
__¡Ese “gordo barbudo”, nórdico y aburguesado!, refunfuñaba para sus adentros. ¿Pero por qué se empeña en volver todos los años? ¡Y encima es rojo! ¡Me cago en el trineo y hasta en los renos!
Evocaba en la memoria aquellas navidades de su infancia, aglutinando los recuerdos con nostalgia, reviviéndolos con total nitidez, como si el tiempo se hubiera detenido en sus vivencias.
La ciudad era mucho más pequeña entonces y “ la ruta de los juguetes” se hacía las vísperas de Reyes, porque ese personajillo convertido en padre de adopción aún no existía.
No había contenedores de basuras ni aledaños cercanos a éstos donde rescatar juguetes maltrechos para su restauración. Ese servicio municipal lo suplía un carro tirado por mulos y un par de basureros por todos conocidos, que montados en el saliente trasero del carromato, avisaban de su llegada mediante una trompetilla que hacían sonar impetuosamente para que los vecinos fueran saliendo a vaciar sus respectivos cubos. Y no, no había juguetes entre aquellos desperdicios de basura, porque apenas si había dinero para comprarlos. ¡Hasta los Reyes Magos de antaño eran pobres, carajo! Y aunque era una noche mágica y ansiada por los más pequeños igual que ahora, los zapatos amanecían a la mañana siguiente milagrosamente duplicados con otro par, nuevo eso sí, y una cartera sin estrenar donde poder meter los escasos libros del año en curso y transportar los lápices sin el peligro de que se fueran escapando por los agujerillos de las esquinas antes de llegar a la escuela.
¡Qué lejos quedaba todo aquello de las sofisticadas aulas actuales, donde el ordenador no deja espacio suficiente al pupitre y las pesadas mochilas encorvan las espaldas de esos muchachos satisfechos y repletos, que a pesar de tenerlo casi todo, se encaminan al colegio taciturnos y apáticos!
Sin embargo, pensaba orgulloso, había algo en los ojos de aquellos niños que se mantenía inalterable a través del tiempo; algo que a pesar del progreso y el consumismo desmedido de nuestros días, se seguía repitiendo año tras año, generación tras generación. Algo tan sencillo y valioso a la vez, que ni los grandes fabricantes habían conseguido mercadear con ello... la ilusión; seguramente, porque al igual que el resto de los sentimientos, no se pueda comprar ni vender.
José proseguía sus pasos absorto en los recuerdos, rescatando el pasado en la añoranza del tiempo que no vuelve. Visionaba en su memoria más antigua aquel muchacho que aprendió el oficio de sus antepasados y que en noches como ésta, acicalado contra su voluntad, con traje, corbata y abrigo a cuadros, no sentía el frío ni la escarcha, sino el corazón latir mucho más fuerte, cuando su padre, ya en la puerta le colocaba la gorra antes de salir y le decía: “¡Andando, capitán! La noche es nuestra” y él le respondía entusiasmado: “¡Sí, mi general”.
La ruta era breve, exacta y con una única dirección: “La barriada de San Pedro”, el aposento de los ricos.
Acudían allí llamando de puerta en puerta y los señores sacaban las cajas ya empaquetadas con los viejos juguetes de sus hijos, mientras ellos los iban depositando en la carretilla cuidadosamente, con el mismo esmero que si de impecables regalos se tratase.
__¡Con cuidado capitán, no se lastimen! repetía el general una y otra vez con el temor de que pudieran sufrir algún daño en el transporte.
Una vez terminada la recolecta, casi nunca se esperaban a llegar a casa; la curiosidad les ganaba la batalla y al volver la manzana, de regreso, se detenían en la esquina más discreta para husmear las cajas y echar un rápido vistazo a su contenido. Muñecas sin ojos, con las piernas y brazos rotos, sucias y mal vestidas; algún indio sin plumas, una pizarra rajada sin pizarrines y varios camiones sin ruedas. Algunas veces acompañaba a la mercancía un manojo de cuentos con las páginas de los dibujos arrancados y las hojas desprendidas de las pastas.
Casi siempre era lo mismo, pero para él todo era nuevo. Sabía que su padre conseguiría coser los libros y dar vida otra vez a esas muñecas, para las que su madre confeccionaría bellos trajes de princesas. En un par de meses lucirían como nuevas en el escaparate de la vieja tienda familiar.
El traqueteo de la carretilla al iniciar el camino en obras que precedía a la urbanización de chalets adosados, le hizo volver a la realidad; estaban llegando al principio de la ruta. La noche se había cerrado en niebla y el frío y la humedad persistían en su empeño por enmarcar un paisaje tan típico.
Ahí estaba el primer punto de recogida de basura, y tal como esperaba, las cajas se apilaban contiguas a ambos lados de la acera.
Al otro extremo del puente se oía el bullicio de la música de las carrozas. Papá Noel estaba haciendo su entrada procedente de la estación del norte y colmaría de regalos a grandes y pequeños; y en este lado, la otra cara de la moneda... el despilfarro.
Como cada nueva Nochebuena, las habitaciones y armarios de los más pequeños se despojaban de los juguetes usados para dar paso a los nuevos.
La muñeca meona del año pasado ya no sirve, porque este año han sacado una que hace pis con sonido y a todo color. La Barby Princesa ha perdido su corona y hay que cambiarla por la reina .La Trencitas Saltarina se ha quedado anticuada porque ahora hay una que corre que se las pela, y a la Nancy hula hoop hay que sustituirla por la nueva versión monitora de batuka que incluye un gimnasio con alumnas y todo. La Carmela Embarazada se ha puesto tan gorda que ya no cabe en el carricoche y este año está de moda la Bárbara Multípara que ha tenido cuatrillizos y se desplaza en coche familiar. La antigua Barriguitas se ha convertido en una estilizada profesora de Pilates y hasta al novio de la Barby le han transformado en un musculoso metrosexual.
José va escogiendo la mercancía casi sin mirarla. Está tan vinculado a su profesión y a esos juguetes, que cada año le cuesta más trabajo seleccionar. No puede evitar sentirse un poco culpable cuando tiene que decidir a quién se lleva y a quién deja. Es como si de pronto todas esas expresiones cobraran vida propia y suplicaran en silencio un final más digno que el vertedero asignado para su incineración.
Sin apenas revisar su contenido va colocando las cajas, dos aquí, tres allá… Algunos muñecos son tan pesados y guardan tanta similitud con la realidad que parecen de verdad, y otros casi ni están estrenados.
Son demasiado sofisticados, y los han mecanizado tanto, que cada vez le resulta más difícil recomponerlos, y a menudo, cuando lo consigue, sólo vuelven a ser simples muñecos como los antiguos. Después de todo él no es más que restaurador, ni mecánico ni electricista. No entiende de cables sueltos ni discos rayados; él sólo sabe insertar ojos, piernas y brazos... ¡Difícil oficio para los tiempos modernos!
En apenas tres paradas ha llenado el carretillo, pero un último envoltorio le llama la atención. Parece un muñeco grande, uno de esos llorones bien imitados del que apenas asoman por su abertura unos cuantos pelillos rubios apelmazados y sucios. ¡Y lo han tirado con saco y todo!
__¡Seguro que estará casi nuevo, quedará impecable con un buen toque de agua y jabón! A Paula, la pequeña de los Rodríguez, le encantará, se dice a sí mismo mientras lo deposita arriba del todo sin mirarlo siquiera.
Un año más la ruta ha terminado por esta noche. ¡Y en Reyes, más de lo mismo!
Se ajusta la visera, se sube bien el cuello y emprende el camino de vuelta elevando una última mirada al cielo mientras piensa: ¡Ay, general, si pudieras verlo!... ¡cómo habrías disfrutado!
La ciudad está perfectamente iluminada y la música ambiental de los villancicos ha sustituido a las cuadrillas de mozos que cantaban antaño al compás de las zambombas y panderetas. Tan sólo algunos viejos arraigados a la tradición siguen manteniendo viva la imagen del zambombero en las tabernas, emborrachando la afinación con buen vino de la tierra, pero ya no quedan jóvenes que les sigan.
La escarcha deposita su primer aliento sobre los cristales de los coches y ha comenzado a nevar.
José apresura su marcha, cuando un débil quejido interrumpe su calma. Prosigue su rumbo mientras observa a uno y otro lado de la calle por si algún animalito vagabundo le reclamase, pero no ve nada. Sin embargo el sonido persiste y suena cerca, como un débil lamento. No es la primera vez que entre los paquetes se ha encontrado algún gatito pequeño, resguardado entre los cartones a cobijo del frío, así es que se detiene y se dispone a echar un vistazo al carro, comprobando asombrado que el sonido procede del saco. Lo abre con cautela e introduce sin miedo la mano en su interior. Un inesperado escalofrío le recorre el cuerpo como una sacudida generalizada; no reconoce ese tacto como el de ningún muñeco.
__Podría ser, dice intentando convencerse a sí mismo de que es imposible lo que está pensando... cada vez los imitan mejor.
Está tan paralizado que no es capaz de ordenar las ideas con coherencia, pero sabe perfectamente lo que está tocando… son muchos años de oficio y sus manos, aunque artríticas, no le engañan. Sin embargo, no puede dar crédito a lo que está percibiendo.
Con los dedos temblorosos, apenas sin atinar, y cada vez más convencido de lo que va a encontrarse, decide deslizar la cremallera de la tela hasta abajo. Las lágrimas comienzan a descender por sus mejillas al compás que el tejido va dejando al descubierto la cara más amarga de la vida. La emoción le embarga y se agotan los recursos de los vocablos para expresar los sentimientos que le inundan, mientras sus torpes palabras sólo alcanzan a balbucear... ¡No puede ser! ¡Dios mío, no puede ser!... ¡Es un milagro! Es un niño precioso y está vivo, ¿quién puede haberlo abandonado?
Sin pensarlo un momento, de forma casi autómata, le aprieta contra él y le cubre con la pelliza mientras se dirige a casa a toda prisa. Los pensamientos se agolpan en su cabeza como feroces mazazos que van y vienen.
__¡Habrá que entregarlo a las autoridades!, esto no es un juguete.
Pero es injusto, Dios nunca nos bendijo con descendencia y María no podrá desprenderse de él cuando le vea.
Es como un regalo divino. ¡Y en una noche como ésta!
Apenas si puede pensar con lucidez, pero dentro de la alegría que le embarga, no puede evitar sentir rabia.
__Podría haberse muerto aterido de frío .Habría terminado en el basurero con los otros, sin que nadie hubiera sospechado siquiera la tragedia.
Pensó en su padre, en lo que hubiera sentido de haber podido compartir esa experiencia. Miró hacia el cielo una vez más, y con la voz entrecortada, sin poder contener la emoción dijo: “Ya ves, general, esto es parte del maldito progreso. Una sociedad vanguardista en tecnologías y carente de valores fundamentales, eso es lo que estamos creando. Una auténtica sinrazón que crece y decrece en perfecta progresión aritmética. Un mundo tan capacitado para crear vida como para destruirla...capaz de dar el mismo final a un juguete que a una criatura.”
Las luces de su casa se perfilaban encendidas a los lejos, y a pesar de lo acelerado de su paso, a José le parecía que no llegaba nunca. Sólo pensaba en la reacción de su esposa cuando le viera aparecer con aquel presente, el más inesperado, y sin duda el mejor de toda su vida.
Abrió la cancela nervioso mientras gritaba:
__María, María!
María salió sobresaltada.
__¿Qué ocurre, José? Llegas tarde. La cena está lista.
José, con gesto inquieto, la cogió por el brazo y la introdujo en casa apenas sin mirarla.
__Añade leche en polvo y biberones, mujer. Tenemos invitados.
María observaba atónita e impaciente cada movimiento de su esposo, mientras éste se deshacía cuidadosamente del atillo hasta depositar al niño en sus brazos.
Le observó durante unos segundos con los ojos brillantes y desorbitados, llena de júbilo, sin atreverse a preguntar nada, como si en una comunicación perfecta de sentimientos intuyera de alguna forma que ya nadie podría separarlos.
José la miraba emocionado mientras la abrazaba, protagonizando sin saberlo, la más bella imagen del mejor belén viviente.
__Pero, mujer, ¡dime algo!
Y María respondió con tono firme y segura de sus palabras:
¡Es precioso, José! Le llamaremos Jesús.

Entre las Sombras del Miedo

_ Primer Finalista del Concurso del día de la Mujer 2006 _
(Publicado y Editado en la Antología de Relatos Breves día de la Mujer)
Depósito Legal CC- 48- 2007
La puerta entreabierta se mecía con el viento en un constante chirrido que interrumpió mi sueño.
Empezaban a despuntar los primeros rayos de sol en la ventana y el impecable vestido que colgaba como un estandarte de la columna acrecentó mi angustia vespertina.
Al fondo, sobre el baúl, los abalorios lucían alineados en perfecta armonía, concienzudamente limpios y pulidos, dispuestos para engalanar a cualquier novia.
Agradecí que mi madre me llevara el té a la cama, aunque no así, la pequeña charla que mantuvimos mientras intentaba convencerme de que “ Abdul- Raschid” sería un buen marido para mí. Es un hombre rico, me decía; un mercader consolidado con el que vivirás desahogadamente, y será un buen padre para tus hijos. Recuerda, “Ashira”, que dada la situación en la que te encuentras, no se puede pedir nada más.
Asentí mansamente con la cabeza, en una súplica silenciosa para que me dejara sola, preguntándome a mí misma dónde terminan los límites de la sumisión e intentando comprender la magnitud del miedo que lleva a una madre a callar ante el desgarro cruel de la injusticia.
Los recuerdos mordían mis entrañas como cuervos hambrientos, y sin poder evitarlo, reviví de nuevo aquella escena en la que, escalando los límites prohibidos, “Abdul Raschid”, un amigo de la familia, se abalanzó sobre mí en tenaz persecución, haciéndome objeto de sus placeres más mundanos hasta desahogar en mi interior la culminación de su deseo, como perfecto final a una de las muchas noches de lujuria y desenfreno que mi padre y él solían compartir.
Decidí ahogar mi dolor en el silencio porque en mi cultura las mujeres son repudiadas después de una violación, pero la primera falta en mi regla se hizo visible al mes siguiente, y sin poder ahorrarle un dolor innecesario, pronto mi madre se convirtió en testigo mudo de mi consumada tragedia.
Desde su resignado letargo, trató de justificar la cruel proeza de “Abdul”, alegando en su ilícita defensa que era muy mayor y estaba solo, corriendo así un abatido velo sobre el tenue matiz de mi esperanza, mientras me explicaba en vano lo afortunada que era.
._ Abdul, pediría mi mano para restaurar su agravio y mi honor, y yo, me convertiría en la amante y fiel esposa de un hombre veintidós años mayor que yo, al que aprendería a amar según ella, con el paso del tiempo._
Me casé fiel a la tradición musulmana en una ceremonia preparada hasta el último detalle minuciosamente, como si nada hubiera pasado, y así, emprendí la fatigosa tarea de sobrevivir entre las doradas paredes de mi prisión particular.
Ahora vivo rodeada de columnas de marfil y tinieblas de miseria, cautiva en un sarcófago de emociones enterradas bajo el “burka”, y deambulo perdida en la fría noche de mis anhelos intentando encontrar el brillo de la vida bajo mis alegrías enclaustradas.
Mis obligaciones de esposa me mantienen ocupada entre fogones de plata, sin poder ahuyentar la pesadumbre que me aturde desde esta solitaria estación de mi tristeza.
Bajo este absurdo tul que apenas si me permite ver con claridad, puedo sentir la brutal embestida de la vida y me pregunto dónde fue a parar la primavera, mientras recuerdo con nostalgia a “Hasif”, mi novio de siempre.
Me siento como sueño que se desvanece, palpitando entre las sombras de la nada en profundo desaliento, y las repetidas palabras de perdón de “Abdul”, resuenan huecas, como eco de lejanos aullidos sobre mi alma.
Ocupo parte de mi tiempo colaborando discretamente, casi a hurtadillas, con mi gran amiga “Halima-ul -Hag”, precursora de la causa por la liberación de las mujeres, en una lucha abnegada por defender sus derechos. Y eso me ayuda a sentirme viva.
Mi embarazo está a punto de llegar a término y sólo el constante contoneo de mi hijo meciéndose en mi vientre consigue abstraerme del melancólico vacío que me rodea.
Elevo al cielo una plegaria cada noche por su divina existencia y ruego, entre lágrimas de esperanza, que nazca varón, para que no tenga que soportar el tácito sufrimiento al que se ven sometidas las mujeres de mi estirpe.
Llueve sobre el paisaje desolado de mi eterno descontento, y sumida entre los muros inquebrantables de mi memoria, me atrevo a soñar más allá de los velos que me separan del mundo.
Me pregunto continuamente cómo hubiera sido mi vida si el destino me hubiese llevado a nacer en cualquier otro lugar, lejos de las cadenas opresoras del mundo árabe. Un lugar donde el aire sople libremente y reír no sea un peaje por el que hay que pagar. Un espacio abierto donde los mandatos de los hombres dejaran de ser dogmas impuestos para las mujeres y en el que la única palabra sagrada, fuera LIBERTAD.
El timbre del teléfono me arrancó bruscamente de mis sosegados pensamientos. Desde el otro lado del auricular, el Dr. “Aref-Manshur”, me informaba de los resultados de mi última revisión. Todo está bien me dijo, y ¡enhorabuena! Aunque no me lo preguntaste, es una niña.
Sus palabras retumbaban en mis oídos como un débil canto de amargura y mi esperanza, teñida de tristeza, fue dando paso poco a poco a una ilusión desvanecida.
Las ideas se agolpan ahora en mi mente como inoportunas salpicaduras que estropean la prenda que más quieres y mi alma se debate implacable entre una confusa sucesión de sentimientos, intentando alcanzar la invisible frontera de la resignación.
De repente, como quien pulsa el replay de un magnetófono, la película de mi vida transcurre ante mí sin poder detenerla, reavivando mi ira contenida, como quimera maldita que despierta bajo el túnel del dolor.
No quiero que mi hija despliegue sus alas entre tormentas invencibles, ni que el brillo de sus ojos se tamice bajo un manto sin poder mostrar al mundo su expresión.
Me resisto a imaginarla reposando bajo la rígida corteza del yugo ajeno y nutriéndose de su amarga hiel mientras la vida se le escapa en cada soplo, esperando un sueño libertador que nunca llegará.
Y así, huyendo de una realidad que me atormenta, con el alma desgarrada y sin más compañía que mi propia sombra, dirijo mis pasos hacia el océano en busca del sueño anticipado de la muerte.
He llegado hasta la orilla y desde este infinito espacio de paz que no es de nadie… ésta es mi última reflexión.
Querida hija:
No quiero que llegues al mundo sujetando la pesada carga de las cadenas, ni que camines teniendo que arrastrarlas. Preferiría verte muerta antes que enarbolando la injusta bandera de la esclavitud, pero no soy una asesina, y no podría matarte después de haberte conocido.
Me llamo “Ashira Rahman” y voy a lanzarme al mar, aun sabiendo que moriremos las dos, porque es la única forma que encuentro de liberarte.

“Ashira” debió de nadar durante horas, y favorecida por la corriente que la arrastró mar adentro, se alejó muchas millas de la costa.
La rescató un pesquero que faenaba en aguas internacionales, exhausta y apenas sin vida, pero con el aliento suficiente para parirme. Mientras lo hacía, balbuceó débilmente unas palabras: “ Me llamo Ashira Rahman, quiero que mi cuerpo repose en el mar, y que ella sea libre.”Aguardó a mi primer signo de vida y como si el destino la hubiera mantenido extrañamente viva hasta poder oírme, con mi primer llanto, expiró.
Así relataron a las autoridades esta parte de la historia los marineros que la encontraron.
Hoy, dieciocho años después, y conocedora de la milagrosa hazaña que protagonizó esa gran mujer que fue mi madre, me he sentado frente al mar, donde reposa, y desde este espacio de paz que no es de nadie, ésta es mi humilde reflexión...
Querida madre:
Gracias a tu valentía, vivo en un país donde los derechos de las mujeres son respetados igual que los de los hombres. Hemos avanzado mucho en esa discutida lucha por la igualdad de sexo, y seguiremos haciéndolo hasta que llegue el día en el que no tengamos que hablar de hombres y mujeres, sino de personas. Y aunque aún nos queda mucho por hacer, siento mi condición femenina como un privilegio.
Me llamo “Amanda Welinton” y soy libre.

La Parábola del Ateo

_ Publicado en la Antología de Talleres Literarios de Extremadura _
(2006)
En aquellos tiempos, en la aldea de los creyentes, se hallaba reunido un grupo de muchachas, debatiendo a cerca de la existencia de un Dios divino y todopoderoso. El Dios que creó el mundo y el que lo dirige, tan dueño de todo, que “no se mueve una hoja del árbol sin que él lo permita”.
Parecían estar todas de acuerdo en la veracidad del ser supremo, menos una, que defendía la teoría de que no podía ser que alguien en apariencia tan perfecto, hubiera creado un mundo tan injusto y que todo estuviera ocurriendo bajo su jurisprudencia.
Pasó por allí un sumo sacerdote, y al oír las blasfemias de la joven se detuvo a interrogarla.
__¿Cómo es que no te gusta Dios, muchacha hereje?.
__ Verá Padre, respondió la muchacha. No he dicho que no me guste, sino que no creo en él, porque de hacerlo, tendría que pensar que es un ser egoísta, maligno, y uno de los mayores fracasados.
El sacerdote, aturdido y colérico con aquellas palabras, decidió llevarla ante el máximo consejo para que fuera escuchada por el pueblo y juzgada por el Santo Concilio.
Reunido el cónclave para tal efecto, volvieron a interrogar a la joven atea.
__Di muchacha. ¿Por qué no te gusta Dios?
__ No he dicho que no me guste Padre, respondió de nuevo para sorpresa de todos los allí presentes, he dicho sólo que no creo en él, pero gustarme sí me gusta... A mí me gusta mucho Dios.
Me gusta Dios porque es un fracasado, porque creó un mundo imperfecto, y porque casi nunca cumple sus promesas, y eso me hace sentirle mucho más humano.
Me gusta porque permite las guerras, ayudando con ello a que yo me sienta menos culpable cuando discuto con mis amigos y me peleo con mis hermanos.
Me gusta porque deja que el mundo pase hambre, que los ricos sigan siendo ricos y los pobres, pobres, y porque contempla impasible desde arriba cómo mueren a diario miles de niños inocentes con las barrigas vacías, ante el dolor de sus desesperadas madres que no pueden hacer nada para evitarles la hambruna. Eso hace que mi conciencia se sienta mucho más tranquila cuando no doy limosna a los pobres y que me haya perdonado a mí misma por permitir la muerte de Hércules, aquel hamster al que dejé sin comer una semana cuando era pequeña.
Me gusta Dios porque permite las catástrofes y los desastre naturales, aún sabiendo que la miseria se ceba siempre con los más débiles, quedándoles sin casa, sin enseres personales y sin lo poco que tenían, y me gusta, porque así puedo disfrutar sin remordimientos de las comodidades de mi hogar y acostarme en mi mullida cama por las noches, mientras siento la cálida caricia de las mantas, sin pensar que soy una privilegiada ni encontrarme culpable por ello.
Me gusta Dios porque envía plagas, enfermedades y pandemias para castigar al mundo, en lugar de ofrecerle respuestas, y consiente que los científicos trabajen día y noche sin que se produzca el milagro en sus tubos de ensayo, mientras enfermedades como el cáncer o el sida asolan a la humanidad. Eso me hace que yo pueda comprender mejor la lentitud de sus progresos, y disculpe a los facultativos cuando considero que cometen errores y negligencias.
Me gusta Dios porque aprieta los gatillos de las pistolas, porque ponen en funcionamiento las metralletas y propulsa la inercia de los carros de combate, que ofrecerán como sacrificio divino la vida de mil muertos inocentes. Me gusta porque es un gran embustero, tan experto en el arte de la farándula y la farsa, que ha conseguido a pesar de todo, que sus madres y viudas sigan mirando al cielo mientras ahogan sus dolor en los velatorios y los entierran.
Me gusta porque sigue siendo el máximo exponente de fe y el receptor por excelencia de todas las lamentaciones; porque ha creado un séquito de santos milagrosos más ciegos y sordos que él, ante los que la gente ora y expone sus plegarias, y eso descarga el alma, alivia el espíritu y da esperanza a un mundo, que a la deriva, necesita urgentemente una tabla de salvación a la que aferrarse.
Me gusta Dios cuando observo la grandeza del paisaje de los valles y montañas, cuando escucho la serena paz que transmite la corriente del río y cuando mi mirada se pierde en la inmensidad del mar sin alcanzar a ver la otra orilla.
Me gusta Dios cuando miro emocionada a Carmen, mi vecina, mientras puedo percibir en cada acto el cariño que derrama sobre Juan y José, sus dos hijos subnormales, porque su paciencia me estimula y me estremece, y en ella sí veo a Dios.
Me gusta Dios cuando le sorprendo camuflado entre miles de voluntarios que se afanan cada día desde las distintas instituciones, regalando su tiempo para paliar el dolor de los más débiles.
Personalmente, me gusta Dios porque llenó mi camino de baches y obstáculos, porque me dejó transitarlo sola sin darme la mano ni siquiera para cruzar los tramos más difíciles. Al mirar atrás y ver mis pasos, observo que sólo están mis huellas; y no, no es porque Dios me llevase en brazos en ese trayecto, es sencillamente porque lo hice en solitario. Pero me gusta, sí, me gusta Dios porque con todo ello consiguió que fuera más valiente, más humana y mucho más persona. Me enseñó a valorar las cosas importantes de la vida, a reafirmar los principios esenciales del alma y a creer exclusivamente en el hombre por el hombre, sin ataduras celestiales ni temores divinos.
A fuerza de no darme nada, he conseguido no estar en deuda tampoco; ni me debe ni le debo. Dios y yo, estamos en paz, y eso, dice San Jerónimo, el cura, que es muy importante.
Como pueden comprobar sus santidades, prosiguió la muchacha, es verdad, no creo en Dios, al menos en el Dios que ustedes promulgan. No respeto sus normas ni cumplo con sus preceptos. No adoro a falsos profetas ni creo en el juicio final, y hasta ignoro las leyes de la cuaresma y como carne cuando me apetece. No creo en la venida del Espíritu Santo ni en esa ridícula Santísima Trinidad, y desde luego no espero redentores.
Sin embargo, procuro transitar mis pasos haciendo el menor daño posible. Es verdad que he olvidado casi todas mis oraciones, que no venero a los santos, que no voy a misa los domingos ni dejo en el cepillo la chatarra sobrante de mi cartera. ¡Ni siquiera acudo en Navidad a la misa del gallo!.
En su lugar, hago repaso del día por la noche, procurando detenerme en aquello que he fallado y sacando la enseñanza para corregirlo. Elevo mis plegarias al universo en la esperanza de que al fundirse con otras, se transformen en energía positiva para el mundo. Procuro estar cerca de los que sufren y transmitirles mi consuelo, y he compartido durante los tres últimos meses el humilde sueldo de mi viudo padre, con la familia de María, la amiga de mi hermano pequeño, para que pudieran comer dignamente mientras su padre encontraba trabajo.
Sí, continuó la joven dirigiéndose a la multitud... puede que mi Dios sea diferente, pero ¿estáis en condiciones de afirmar que el vuestro es mejor?.

El concilio se reunió un momento a solas antes de emitir el juicio final, y ante la sobriedad de las palabras de aquella muchacha, decidieron absolverla.
__Puede que no estés en lo cierto, resolvió el sumo sacerdote, pero has hecho una buena defensa y está bien argumentada.
Vete en paz mujer, y sigue haciendo el bien desde cualquier concepto. Al fin y al cabo, quizá todo se reduzca a la misma doctrina bajo diferentes puntos de vista.

Éste, mi querido lector, es el producto de muchas horas de reflexión a cerca del Ser Supremo.
No tiene una enseñanza, tiene muchas, pero ni siquiera tienes que compartirlas. El ateo soy yo y ésta es sólo mi palabra.

Partitura para un Silencio

_ Carta de Amor de San Valentín _
Querido Ángel:
Hace seis meses que tus serenas palabras se han dormido en el eco del silencio, y aunque recibo puntualmente un sobre con alguna foto tuya en respuesta a mis cartas, no es tu letra la que aparece en el membrete.
He intentado ponerme en contacto contigo varias veces, pero al otro lado del auricular, siempre hay una voz que, con amable indiferencia, me responde diciendo que estás bien aunque no puedas ponerte y se niega a darme más explicaciones… supongo que en el estricto cumplimiento de su maldito deber, a veces tan deshumanizado y ajeno a cualquier tipo de sentimientos y sensaciones.
Tal y como te comentaba en mis anteriores cartas, me encuentro por decisión propia, desde hace unos meses, escribiendo las últimas páginas de mi personal biografía en una residencia geriátrica cercana a mi pueblo.
Aquí los días transcurren lentos, pintando atardeceres desde esa otra dimensión de la existencia, como absurdo espectador de una tragedia, donde la vida se convierte a menudo en un paisaje de tinieblas intransitables. El roce del segundero del reloj desgasta mi alma y tu cálido recuerdo es un constante reclamo para la indómita inconsciencia de esta incansable buscadora a quien el paso de los años no ha conseguido detener ni dispersar.
¡Echo de menos tantas cosas!... Mi demandada libertad, mi casa, mi familia, mis libros, mis amigos de siempre, mis adorables gatos, mis plantas, mi estupenda colección de bolsos, mis pinturas, el contacto con la arcilla, pero sobre todo, te añoro a ti.
Resulta extraño decir que se echa de menos a alguien a quien nunca se ha tenido; alguien de quien no conoces su olor, ni su sabor, ni el tacto de sus manos, ni sus caricias, ni la expresión de sus ojos frente a frente. Alguien a quien has mirado sin ver, sentido sin sentir, tocado sin tocar. Alguien a quien has besado tantas veces con el alma, renunciando al ardiente contacto de los labios y la piel, en un enorme sacrificio por el responsable cumplimiento de no transgredir las normas de un contrato establecido. Y sin embargo, alguien a quien llevas queriendo en silencio media vida, soportando y compartiendo contigo misma la pesada carga de la distancia, en esa complicidad que sólo da el amor prohibido.
Sí, mi querido Ángel, nuestros asientos contiguos estuvieron ocupados mucho tiempo, pero por fin llegó el momento de poder vivir nuestra particular historia de amor serenamente, sin testigos presenciales, sin intermediarios, tal y como habíamos soñado, avalados sólo por el dulce bálsamo de la ternura y el deseo, dejando justamente que el destino cumpla su promesa.
Quiero bailar con las estrellas a la luz de la luna mientras te digo mil veces que te quiero, como tantas otras, pero esta vez, quebrantando el silencio hasta extinguir mi último soplo de aliento a tu lado. Y contemplar tu plácido semblante, escuchando el murmullo de las hojas de los cipreses mientras tus manos dibujan la hipotenusa de mi cuerpo en perfecta armonía.
He intentado tramitar la solicitud de traslado de mi residencia a la tuya, pero las gestiones burocráticas son complicadas e interminables, y me temo, que puesto que vivimos en lugares tan distantes, tal y como te comentaba en mis escritos, si no utilizas tus influencias más inmediatas, se harán imposibles.
Llevo casi veinte abriles esperando estar contigo, fundirme en tu abrazo y perderme en el bello paisaje de tu mirada hasta encontrar la paz que anhelo.
Hasta ahora me he mantenido firme como una muralla fortificada por tu amor, contemplando el nebuloso horizonte desde mi dolor diseminado, con el eterno letargo de la impotencia. Pero los años me han vuelto vulnerable, como débil rama indefensa, y desde este crepúsculo invernal, no quiero morirme amando en el silencio ni callar muriendo en la quietud. Por eso, mi adorable “filántropo”, ésta será la última carta que te escriba.
Tengo a medio hacer el equipaje, y con paso firme y decidido, descenderé el umbral de la esperanza para emprender el camino de mi sueño, de nuestro sueño, hasta encontrar el escenario de tu estancia y terminar mis días junto a ti. Conociendo tu eficacia, estoy segura de que me tendrás un digno huequecito reservado, en tu impecable molino de sonidos.
Preparo mi reencuentro entusiasmada y aunque mi piel no conserva la tersura juvenil de antaño, y la carcoma del tiempo fue plasmando en mi rostro su arte más desordenado, me siento secretamente viva.
Los recuerdos se atropellan en mi mente y mi voz grita en silencio las cinco letras de tu nombre con una melodía que me sabe a primavera.
Quiero transitar por las amplias veredas de tu existencia, mientras la blanca luz de la vida fluye silenciosa sobre mis espacios infinitos. Ahondar en las entrañas de tu alma sin perderme ni un minuto de tu tiempo; de ese tiempo que nos ha mantenido varados injustamente en el remanso de nuestra encubierta soledad, y del que ahora disfrutaremos como legales ladrones, que después de cumplir la condena impuesta, recuperan su motín.
Espérame, amor mío, donde mis ojos se posen en los tuyos, donde la luna me encuentre dormida en tu regazo, hasta que pueda apagar mi sed en tu corriente, porque tenemos una cita de amor con las estrellas.
Tu amada
Ana.

Cuentan los lugareños que Ana emprendió el camino una noche de invierno, ligera de equipaje y preñada de esperanza e ilusión.
Impulsada tal vez por un amor sin límites, sin tiempo y sin espacio, consiguió llegar hasta el bello pueblecito donde los días de Ángel transcurrían.
Le encontró medio dormido en un sillón, como estatua inanimada, con la mirada perdida en el vacío, cual canción suspendida en el pasado.
Arrodillada ante él, acariciaba pausadamente cada pliegue de sus manos, entrelazándolas en las suyas con la firmeza de un nudo marinero, mientras le explicaba mil cosas que resonaban en el silencio como una inacabada balada de amor, intentando expresarle que ya nadie podría separarlos.
Pero Ángel, anclado en la memoria del olvido, parecía tener el alma embalsamada y mirándola fijamente, repetía una y otra vez las mismas palabras como un “mantra” sagrado: “¡Sácame de aquí, sácame de aquí!”
El brillo acudió de nuevo a los ojos de Ana, al compás que descendían las lágrimas por sus mejillas en una profunda emoción, convencida de que la había reconocido.
Un toque en la espalda a modo de advertencia, la hizo volverse. Era la cuidadora de Ángel, que con voz inalterable y firme le dijo: “No se preocupe, lleva seis meses con la razón perdida y a todo el que llega nuevo le pide que le saque.”
Marchita por el triste clamor del desaliento, intentaba serenar el desolado paisaje de su alma, esforzándose inútilmente en poner brillo al opaco color de la desesperanza y tratando de comprender por qué, en el ocaso de la vida, su mejor canción se quedó muda, como estrofa que jamás ha de sonar.
Abrazada a Ángel, defendiendo ese contacto por el que tanto habían luchado, con voz entrecortada, entre sollozos, repetía perturbada continuas frases sin un orden lógico:
“¡Maldito cabezota! Me dejaste tirada en el pórtico final de la existencia. Eras parte inseparable de mi ser. Mi último reducto, el final de mi historia. Sólo quería descansar entre los remansos de tu divina sobriedad. Y ahora... las golondrinas lloran de tristeza y las estrellas se desploman a tu paso.
Me iré con el alma agonizando por la gastada senda de la vida, con el silencio del vacío que me aturde, mientras el tiempo pasa callado. Y la lluvia caerá sin cesar sobre el velado cristal de mi esperanza y ya no habrá una tierra que la empape.”
Ángel la miró fijamente, y esta vez, con los ojos llenos de lágrimas, como si aquellas palabras hubieran hecho mella en su corazón, le dijo de nuevo: “¡Sácame de aquí, sácame de aquí!”
Ana le conocía muy bien y sabía que aunque su razón distorsionada careciera de coherencia, esos vocablos repetidos sin cesar, expresaban un firme deseo; por eso, aprovechando el anonimato de la noche, le cogió de la mano y deambuló a su lado sin rumbo fijo.
Caminaron durante horas bajo el frío intenso de la madrugada, hasta que el cansancio les hizo detenerse debajo de una encina. Acurrucados los dos, cuerpo con cuerpo como siempre habían soñado, desprovistos de abrigo, sin nada más que el silencio temblando en el espacio y nada más que las estrellas brillando en la quietud, sin otro consentimiento que el intercambio que las miradas mutuas, habían decidido cumplir con la promesa de terminar juntos sus días, sin saber muy bien cómo ni dónde, pero juntos.
Ana lloró sin tregua, derramando al cielo una plegaria y Ángel, sobre la tierra que ella mojaba con sus lágrimas, dejó caer algo que llevaba en la mano parecido a unas semillas.
Les encontraron abrazados a la mañana siguiente después de una gran tormenta, al despuntar el día de un 14 de febrero, exhaustos y congelados de frío. Y aunque hicieron grandes esfuerzos por reanimarles, ninguno de los dos sobrevivió.
Cuenta la leyenda que un precioso olmo empezó a nacer tiempo después entrelazado al tronco de la encina, posiblemente, fruto de las semillas que Ángel inocentemente esparció sobre la tierra. Desde entonces, los dos árboles crecen abrazados, como ellos quisieron estar siempre. Dicen que la lluvia los mantiene verdes porque cae mucho más generosa en ese lugar.
Tal vez la naturaleza, siempre caprichosa, quiso inmortalizar así su historia de amor, y quizás también, para rendirles un justo homenaje, se bautizó el 14 de febrero como el día de los enamorados.

Homenaje Póstumo

_ Publicado en la Antología de Talleres Literarios de Extremadura _
(2005)
El internado cerraba sus puertas un año más y Elena, mi monitora de natación, me esperaba a la salida, custodiando el equipaje mientras yo me despedía apresuradamente de mis compañeros hasta el próximo curso.
- El autobús te espera, me dijo; No olvides bajarte en la primera parada, justo donde termina el “Gran Hotel” ya sabes, tus abuelos estarán esperándote. Y no dejes de entrenar cada día porque el año que viene la competición será más dura.
Me despidió con ese brillo en la mirada, mezclado entre tristeza y alegría y con un abrazo apretado que sabía a triunfo, igual que los que me daba después de cada victoria conseguida, al terminar de imponerme la medalla.
Subí al autocar y burlando las instrucciones de la directora, me acomodé como siempre en el último asiento, mientras desafiaba la enojada expresión de Elena, que observaba desde abajo reprendiéndome con la mirada aún sin hablar.
El aire olía a verano, a mar, a excursiones y a familia; A indisciplina y largos amaneceres, retozando perezosa entre las sábanas almidonadas de la abuela; Y el paisaje, era un recuerdo aprendido en mi memoria a lo largo de aquel trayecto que siempre se me hacía interminable.
De nuevo se dibujaban ante mis ojos cordilleras inmensas de montañas sobre valles frescos, que desafiaban altivos al mes de Julio a sabiendas de que no conseguiría arrancarles su color. Y custodiándolo todo, como testigo mudo en el tiempo, el mar de fondo, en ese paisaje incomparable que es Asturias.
Las sucesivas y molestas rotondas que lo coronan a su entrada, eran el anuncio de mi destino; Una vez más, estaba en mi pueblo, en ese pequeño espacio del mundo, patrimonio de mi infancia, de mis inocentes juegos y cómplice testigo de mis vivencias encadenadas a los fantasmas del pasado.
Dos siluetas se perfilaban nítidamente en la distancia, y yo, entusiasmada ante el esperado reencuentro, me atolondraba entre los pasajeros intentando abrirme paso para salir la primera, olvidándome de las más elementales normas de conducta y tratando de disculparme ante mí misma con esa cómoda teoría de que “el fin justifica los medios”.
Los abuelos no habían cambiado apenas y sólo la boina descolorida del “yayo”, era un símbolo inequívoco de que había transcurrido un año más.
Al llegar a casa, el olor inconfundible de las "fabes" me rendía una exquisita bienvenida, y me dispuse a deshacer el equipaje, sin olvidar que las legumbres coqueteaban juguetonas desde la olla con mi vacío estómago.
La abuela preguntaba acelerada sin detenerse apenas a escuchar las respuestas, y mientras yo terminaba de vaciar la maleta, conversaba con ella, contándole mis progresos.
Un último paquete entre mis bultos llamó su atención; Eran mis medallas, los premios otorgados a mi esfuerzo en las duras competiciones de natación y que a partir de ahora, decorarían las paredes de mi cuarto junto con las anteriores.
Después del obligado descanso de la siesta, caminé sola durante horas por las estrechas calles del pueblo, mientras dibujaba siluetas imaginarias en cada esquina, en cada plaza, en cada umbral de las puertas de mis amigos, desde donde tantas veces habíamos jugado a contar fantasías inventadas y que ahora, aparecían ante mí como testigos mudos de una historia real.
Buscaba entre los recuerdos a Juan, a Marta, a Pedro, a María, y a mi hermano Juanjo, que desapareció una tarde de verano para siempre mientras yo, desde mis torpes manos me afanaba inútilmente en sujetarlo. Y como si de un rumbo impuesto se tratase, me dirigí otra vez hacia la playa, sin calcular mis pasos, perdida entre el murmullo del silencio, supongo que con el único fin de encontrar una respuesta que nunca existió.
Sentada frente al mar, junto a las olas, cuando el sol sucumbe ante el horario establecido y las sombrillas duermen, recordaba de nuevo aquella tarde en la que mamá y papá, se alejaron un momento dejándome a cargo del “enano”, como me gustaba llamarle. Un segundo bastó para que las intrépidas olas se lo tragaran inesperadamente, mientras yo, empleaba todas mis fuerzas en retenerlo, al tiempo que le gritaba: “ No te sueltes Juanjete, no te sueltes”. Un segundo, solo un segundo es tiempo suficiente a veces para destruir toda una vida, incluso dos; Porque en ese corto espacio de tiempo, mi pequeña razón se quebró al compás que el cuerpo de mi hermano desaparecía injustamente bajo el agua.
No recuerdo nada más del instante siguiente, sólo que desperté en un hospital tres años después, con todo resquebrajado menos el recuerdo, que hoy, diecinueve años después, permanece inalterable en mi memoria junto a Juanjo.
Los médicos dijeron que mi frágil mente infantil, no soportó el impacto de la tragedia, y tal vez, ante la amarga realidad, decidió evadirse en busca de nuevos horizontes, diseñando un espacio a su medida donde los sueños no pudieran truncarse tan impunemente.
Mi madre trató de explicármelo diciéndome siempre que yo era alguien especial, que podía pensar igual que los demás, solo que más despacio, y que aunque necesitaba más tiempo para todo, algún día conseguiría hacer grandes cosas, igual que ellos. Y debía tener razón, porque desde entonces, lo único que he sabido hacer sobresaliendo del resto, es nadar. No importa lo fatigoso que resulte el trayecto, ni lo fuerte que sean mis rivales, ni siquiera lo lejos que este la meta, a la que nunca veo, porque sólo está la silueta de Juanjete y mi desesperado afán por alcanzarla, en una lucha sin tregua para rendirle un homenaje digno, y demostrarme a mí misma que el mar no volverá nunca a ganarme la batalla.

Más Allá del Silencio

_ Primer Premio del Concurso de Navidad 2006 _
(Editado y publicado en la Antología de Relatos Breves de Navidad)
Depósito Legal CC - 375- 2007
Mi primer recuerdo navideño se remonta al vientre de mi madre, cuando mi existencia era sólo un proyecto de vida inacabado. Puedo sentir como mi cuerpo reposa acomodado en el seno de una mujer morena de tez curtida y expresión dulce, que se mueve ágilmente de un lado para otro a pesar de su avanzado estado de gestación.
La presiento angustiada, impregnando su congoja en cada paso, mientras se afana en hacer varias tareas a la vez, como si el tiempo le resultara insuficiente o el reloj pudiera detenerse en cualquier momento.
Percibo su ansiedad en cada latido, en cada soplo comprimido de aire fresco, en cada gesto, en cada sorbo de café que me sabe a dulce néctar, y me remuevo en sus entrañas, y me expando en señal de protesta, intentando llamar su atención en demanda de esa calma interrumpida
Apenas me queda mucho sitio para moverme entre estas acolchadas paredes que me separan del exterior y que cada vez comprimen más mi frágil cuerpo, que en el octavo mes se encuentra ya casi formado, a punto de culminar la perfecta obra que es la vida, y predispuesto a enfrentarse con el mundo externo.
Hoy el aire se torna irrespirable, en una extraña mezcla de olores a guisos variados que me llegan desde fuera. Al otro lado de la estancia, una voz que agradezco, interrumpe la tarea culinaria, es mi padre, que desde la cama solicita el desayuno.
Mi madre se ha tumbado junto a él y espera tranquilamente a que termine su último sorbo, mientras aguarda impaciente su caricia cotidiana. Casi puedo sentir sus callosas manos sobre mi espalda, y como sus dedos juguetones se deslizan suavemente en movimientos rotatorios, provocando una serena quietud en mamá, que ahora reposa plácidamente sosegada, como si de un bálsamo espiritual se tratase, al tiempo que le dice: ¡Arriba, perezoso! ... Hoy no tienes excusas, es Navidad.
Y mientras mi padre se levanta lentamente, ella vuelve a la cocina atolondrada y llora, llora sin consuelo su desdicha, sin poder evitar transmitirme su angustia en cada lágrima, en cada suspiro acongojado, en cada quejido reprimido que me asfixia, en este líquido acuoso de amargas sensaciones.
Unos pasos silenciosos y certeros la devuelven a la realidad; es Lukas, mi hermano mayor, que se abalanza sin piedad sobre mí casi aplastándome; Y ahora, con él, la angustia se diluye nuevamente, se esfuma, se evapora.
Todo está lleno de luces y hace frío, y en la calle principal resuena sin parar una música molesta que se mete en mis oídos interrumpiendo mi apacible sueño. La pandereta de Lukas no cesa de sonar y mis padres pasean cogidos de la mano mientras intentan no perderlo entre la multitud que se agolpa alrededor de un nacimiento.
El murmullo exterior es un estampido de voces que me llegan deformadas, pero aquí dentro todo está en calma. Desde este cómodo espacio infranqueable en el que habito, la percibo serena, y creo que en este momento hasta es feliz, porque así puedo sentirla en cada latido acompasado de su corazón. Es esa candidez que transmite el alma cuando está en estado puro y es capaz de acariciar sin el contacto de la piel, sin las palabras, olvidando los sentidos y dejándose guiar solo por el perfecto mundo de las sensaciones, en una comunicación espiritual a la que a menudo concedemos muy poca importancia, y que será sin duda, lo que más eche de menos cuando abandone este espacio temporal que ahora ocupo.
De vuelta a casa, todo está preparado; la abuela se ha encargado de ultimar los detalles de la cena y todos comentan que la mesa está decorada con ese exquisito gusto que la caracteriza, en impecable concordancia con el ambiente de paz y armonía que se respira.
Todo es perfecto menos el espacio, porque han venido los primos de Madrid y los tíos de Gerona, y encontrar un hueco digno en la mesa se convierte en una carrera de saltos por escoger el mejor sitio, pero... ¡Estamos juntos!.
Me gusta, es divertido y todos están tan contentos, que siento envidia por no poder estar ahí fuera y cantar y bailar como hacen ellos, mientras se ríen jaleando a Lukas, que se ha puesto a hacer el tonto como siempre.
Hasta papá parece haber diluido sus males esta noche, como si la carcoma del desaliento pasara de largo sobre su endeble salud, esbozando una sonrisa para sucumbir en la nada, igual que si de una broma pesada se tratara.
Una extraña sensación de desconcierto empieza a aturdirme, y creo que tiene que ver con ese líquido amarillento que mi progenitor derrama sobre las copas, al tiempo que invita a mi madre a beber “un culín más”, porque “el niño también tiene derecho a brindar”, y el niño, me temo que soy yo.
Intento mantenerme vigilante, para no perderme ni un detalle de la gran fiesta que tienen montada y sobre todo, por observar la expresión de la cara de mi hermano cuando desenvuelva el regalo que le han dejado bajo el árbol. Me gustaría ver como funciona ese tren eléctrico y cuántas vueltas puede dar sobre los raíles de las vías antes de que el “enano” lo destroce, pero el cava me ha agotado y el sueño empieza a rendirme... ¡Me duermo!.
Un zumbido estrepitoso me despierta a la mañana siguiente interrumpiendo mi sosiego. Es el corazón de mi padre, que apoyado en el vientre terso que me acoge, late casi al unísono junto al mío, como queriendo detener el tiempo en ese instante, con un abrazo indescriptible.
Mi madre le acaricia suavemente el pelo, mientras él, entre retazos de ternura acorazada, intenta encontrar el valor de las palabras y susurra lentamente: A éste no voy a conocerlo, pero será robusto y hábil como yo, y tendrá tu sonrisa infinita, y tu profunda mirada, y crecerá sano y fuerte, y se hará mayor sin que apenas te des cuenta, como Lukas. Un día le hablarás de mí y de cuánto le quise aun sin haberle conocido.
Le explicarás que me mantuve firme hasta el final, que luché por llegar, por abrazarle, y que el tiempo me ganó injustamente la batalla. Mientras, yo te observaré expectante desde algún lugar, y escucharé tu discurso inacabado, aún cuando no puedas verme ni oírme. Me sentirás aplacando tu angustia contenida, ocupado en construir diques de fortaleza a tus lágrimas.
Las palabras retumban sobre mí, envueltas en una amalgama de encontradas sensaciones. Por un lado, la serenidad de mi padre, su aplomo, su entereza y esa lección de amor en cada frase, como certero pincel que se esfuerza en dibujar el color de la esperanza. Por otro, la comprensible aflicción de mi madre, que llora desconsoladamente, mientras le separa de mí para fundirse con él en un abrazo que nunca olvidaré.
Y ahora, mi inquietud, mi batalla por emerger, por confundirme entre sus cuerpos y mezclarme en la expresión de amor de sus caricias, de sus cómplices miradas. Y una vez más, Lukas, que ausente al drama, impone su alegre presencia y se sube encima de mi padre obligándole a jugar al caballito; mientras yo me siento tan desafortunado por no poder compartir esos momentos.
Quiero salir, gritar, llorar con él condensando sus lágrimas, consolarlo, exprimir su amargura contenida, expandir su dolor con mi sonrisa, despedirme... Y sin embargo, sólo puedo dejar que me sienta y sentirle.
Papá murió en Enero, unos días antes de que yo viera la luz por vez primera, pero murió sintiéndome, con la mano en el vientre de mi madre y mis dedos entrelazados en los suyos, intentando burlar la piel como si no existiera.
Durante los siguientes siete años, ninguna navidad volvió a ser igual que aquella; había muchas ausencias además de la de mi padre. Faltaba alegría, ilusión, emoción, entusiasmo... Faltaba vida, y solo Lukas y yo parecíamos pasar ajenos a todo.
Sin embargo, en la conducta de mi hermano, se encontraba presente cada instante como una herencia aprendida. Estaba en cada acción, en cada gesto, en cada expresión involuntaria, y en esa frase que se instaló de forma perpetua en su vocabulario: “papá decía”.
Yo no tenía imágenes reales de su presencia, pero me invadían un montón de sensaciones en el recuerdo, ambiguas, pero cercanas, tan próximas que sólo tenía que cerrar los ojos para volver a sentir otra vez su mano en la mía, su latido en mi latido y su amor en mi alma, hasta tal punto, que muchos días, aunque nunca se lo conté a nadie, me levantaba con la impresión de haberlo tenido muy cerca de mi cama y con su olor en mi almohada.
Unos días antes de navidad, creo que debió ser un sueño, imaginé que volvía a cenar con nosotros. No podía compartir nuestra mesa, ni sentarse a nuestro lado, ni mordisquear aquel turrón de chocolate que tanto le gustaba y que mi madre nunca volvió a comprar; pero estaba allí, suspendido en un rincón del salón, como flotando en el aire. Era como una de esas fotografías antiguas en las que sólo se distingue la cara y todo lo demás aparece difuso alrededor. Nos miraba afligido, como intentando transmitir con la mirada que algo estábamos haciendo mal.
Nadie más podía verlo, sólo yo, y en una forma que me resultaba familiar, volví a sentirle como cuando estaba dentro de mamá, en ese confortable espacio de su abdomen, y me hablaba, y me acariciaba desde ese plano en el que el alma se comunica por sí sola, vetando a las palabras.
Me dijo que debíamos vivir la navidad como aquella última, como si él todavía estuviera entre nosotros, porque de alguna forma, nunca se había marchado y seguiría estando siempre, aún cuando no pudiéramos vernos ni comunicarnos como antes. Y dijo: “no hagáis caso a vuestros ojos, sino a vuestros sentidos, y tratad de escuchar solo con el alma”.
Aquella navidad puse su foto junto al árbol; y al lado de la suya, dejé envuelta en un bonito papel, una mía, como si de otro regalo más se tratase.
Al terminar de cenar, cuando fuimos a recoger los obsequios, mamá preguntó extrañada: ¿qué es esto?. Es mi foto, le dije, para que papá pueda ver cómo he crecido y sepa que yo también le recuerdo con cariño, y la de Xuxo, nuestro perrito guardián.
Mi madre trató de hacerme entender en vano, que nunca más podría vernos, y exaltada, entre sollozos, trataba de explicarme que los que se van nunca vuelven.
Entonces, desde mi cándida inocencia, le conté mi sueño y fui descubriéndole paso a paso cada una de las sensaciones que durante tanto tiempo había venido experimentando en silencio.
Me miró con ternura, y después de pedirme perdón por los modales, me abrazó con fuerza, al tiempo que revolvía mi pelo con sus manos, como años atrás había hecho con el de mi padre, cuando yo flotaba suspendido en el útero materno y él me acariciaba sin que pudiera devolverle ni uno solo de sus gestos.
Papá estuvo en ese abrazo, como antes, y aunque nunca se lo pregunté, sé que ella también debió sentirlo, porque la expresión de sus ojos al volverme a mirar era inquietante, y con ese brillo especial que sólo él sabía transmitirla y que había perdido desde que se marchara.
Creo que conseguí traspasarle mi experiencia, porque su sonrisa desdibujada, fue tomando forma poco a poco, y las siguientes navidades, volvieron a ser alegres, como siempre habían sido.
Han pasado muchos años y mi padre ha sido una constante ausencia en mi vida. ¡¡¡Le he echado de menos en tantos momentos!!!... El día de mi primera comunión, cuando me gradué, en mi boda, al nacer mis hijos, en el entierro de mamá, que casualmente murió en el mismo mes y el mismo día que él, como si se hubieran puesto de acuerdo en la fecha para venir a buscarla; y por supuesto en Navidad.
Pero cada año, siguen estando de alguna forma con nosotros, y puedo sentir su energía, del mismo modo en que la he sentido en esos otros momentos difíciles en los que estaban conmigo aún sin estar.
Hace tiempo que entendí, que la muerte es un tránsito hacia un plano desconocido, y que no podemos saber qué hay más allá; pero creo, que si pudieran vernos de algún modo desde esa dimensión que ocupan, deberán sentirse tan impotentes como yo me sentí en el seno materno, al no poder salir y transmitirles mi abrazo, y sentirles tan cercanos como lo hacía Lukas.
Tal vez, nuestro lenguaje con ellos, sólo pueda ser el de las sensaciones y no el de los sentidos; por eso, ahora que la familia va creciendo, mi única preocupación en estas fechas, es encontrar el espacio suficiente para poder hacer un hueco a todos en mi estancia, porque cada vez faltan más. Y transmitir ese legado a mis hijos, porque algún día, yo tampoco estaré físicamente entre ellos, y me gustaría verles felices, compartiendo su cena desde esa otra dimensión.

En Clave de Amor...

No conoce el arte de la navegación
quien no ha bogado en el vientre
de una mujer, remado en ella, naufragado
y sobrevivido en una de sus playas"
_ Cristina Peri Rosi _
Querido Marcos:
Con estos versos que son parte del libro que me acompaña cada noche, encabezo mi carta mientras busco entre el cajón desordenado de mi mesa las viejas lentes que me ayuden a continuar.
Tengo los ojos cansados, como el alma, vagando eternamente en la infinita soledad de recuerdos ajenos, como hermosa sucesión de sentimientos que buscan el caudal sereno del sosiego.
Me confieso marinero empedernido, navegante sin retorno, capitán de cien mil barcos sin timón ni rumbo fijo, surcando mares de curvas nacaradas y perfume de mujer. A sotavento y a barlovento, de babor a estribor, he transitado por las aguas caudalosas de la belleza que las inunda, descansando en sus recodos y anidando en sus imprevisibles remansos. Me declaro experto observador de su perfecta silueta femenina, de sus amplias sonrisas, de sus contrastes, de sus miradas profundas, de sus tristezas, y de esa infinita ternura que sólo ellas poseen. He compartido sus pasiones más sublimes, los más ardientes deseos, y esos inexplicables días grises de bajón y chocolate; y sin embargo... No las conozco, aunque las amo.
Todo esto para decirte al fin, mi querido nieto, que he sido un vulgar mujeriego.
Desde este apartado rincón de ocio y hastío donde los gritos del silencio arañan las entrañas, desempolvando el pasado, dedico un repaso maldito a mi cuaderno de bitácora, y haciendo honor a la verdad, reconozco que nunca hubo una historia peor escrita.
Entre páginas de llanto comprimido veo a tu abuela, con el alma embalsamada y dos hijos colgando de la teta, que demandan el derecho a sus sustento. Mientras yo, cabalgando con las olas, era el eterno ausente.
Me perdí la infancia de mis hijos y la vuestra enredado entre vanas oquedades, coqueteando con la promesa de una juventud que se perfilaba casi eterna. Y hoy, masticando el dolor de la amargura, como madera herida que cruje con el viento, me siento naufrago impotente de mi propia travesía.
Me dices en tu carta que te has licenciado en Derecho y que ya empiezas a ganar tus propios honorarios. Sé que serás un buen abogado, más no olvides ser primero hombre; y no tomes como referencia a este viejo anclado en la memoria del recuerdo, que embiste la nostalgia a bofetadas. Navega siempre libre, pero recuerda ponerte un rumbo fijo y una hora en tu reloj; porque si no, cual gaviota solitaria, serás como yo, observador expectante del tiempo que no vuelve. Escoge un día en tu calendario para atracar en buen puerto y deja varada en la orilla tu gorra de capitán. Y a esa compañera tuya, que sin duda sabrás elegir, cúbrela de sueños dorados, y con manos gloriosas, baña con un resplandor su vientre adormecido, robando el oro al sol si es necesario. Disfruta más con ella que de ella, y ámala desde el espejo de sus ojos. Y ama a tus hijos, porque ellos son la continuidad de la vida y la estrofa de esperanza del mañana. Sobre todo... Nunca te proclames sucesor de mis errores.
Intenta traspasar el blindaje del alma de tu padre, y dile que aunque me tenga prohibido recordarle, desde las mudas sombras de la esperanza, le pienso a menudo, porque los años otorgan el derecho de no sucumbir a los mandatos, y yo, llegado a esta dimensión del tiempo, no respeto ni al matasanos que me aconseja que no fume.
Deposita un cálido beso sobre la frente noble de tu madre, y hazle saber que añoro sus comidas picantes con sabor a sal, porque aquí todo es tan insípido como la propia existencia.
Cuélate en el álbum de recuerdos de la abuela y arráncale una foto a hurtadillas, para que pueda ponerla bajo mi almohada...Sabes que siempre me gusta llevarle la contraria y así dormiré con ella sin que se entere. Háblale de mí con voz serena, y dile que no la culpo por haberme encerrado en este geriátrico donde su recuerdo me sabe a ternura. Explícale que mitigo cada noche mi dolor proyectando su imagen difuminada en mis cansados sueños de añoranza. Y así, cuando el viento cierre al fin la puerta de la vida y el silencio eterno se imponga en el vacío, su abrazo me alzará en vuelo de palomas mientras su nombre se mezcla con las nubes.
Voy a ir concluyendo, se ha hecho tarde; para mí la vida ya tiene un ritmo lento y mis manos no avanzan tan aprisa como yo quisiera. Al igual que mis palabras, están quebradas por la infinita tortura de la carcoma del tiempo.
Presiento mi final cercano y cierto, como ronco alarido que se pierde entre tinieblas. Tengo algunos ahorrillos reservados, y a ti Marcos, te nombro albacea de mi alma. Tú borrarás su última fecha en el calendario cuando el helado beso de la muerte la devuelva a mis brazos para siempre, porque me iré antes que ella... Y depositarás en su memoria una rosa roja por cada día que le robé, dibujando así sobre su tumba la bella alfombra que no supe poner a los pies de su vida.
Tu abuelo

La Última Confesión

Conocí a Claudia en mi primera misión humanitaria. Al bajar del autobús y pisar tierra Chilena, nos recibió entusiasmada. Apenas hubo tiempo para presentaciones y cuando me disponía a recoger el equipaje, un cuerpo ensangrentado, negruzco y menudo, se abalanzó sobre mí como una exhalación... Eso es lo último que recuerdo de mi llegada.
Me despertaron las voces del chiquillerío que jugaba en la calle ajeno a todo, con un chirrido intermitente.
Las vigas de madera del techo lucían agrietadas por el paso del tiempo, como dama madura que se aja con los años. Las paredes amarillentas rezumaban humedad en aquel habitáculo sencillo y despejado, y sobre el rayo de luz que proyectaba la ventana, miles de partículas de polvo danzaban a sus anchas en baile de cabriolas. Una cama, un armario y un baúl al fondo eran todo el mobiliario que me acompañaba. Sobre el baúl reposaba una foto que al acercarme reconocí como familiar; era Claudia, la misionera que nos había recibido a la llegada.
Todo era confuso en aquellos primeros momentos. Mi camisa blanca y mis vaqueros estaban manchados de sangre, sin embargo mi cuerpo no presentaba rasguño alguno que lo justificase.
Un ligero mareo y un chichón en la cabeza me devolvieron de nuevo a aquella imagen infantil y mal herida que me había dado la bienvenida nada más llegar. La puerta permanecía entreabierta y la silueta de Claudia se perfilaba tras ella con amable semblante y ademán de permiso para entrar.
Me explicó que la casa de Marcos había ardido con sus tres hermanos dentro, y que él, después de salvar a dos de ellos, había corrido despavorido a pedir auxilio al centro que les prestaba asilo. Los ojos de Marcos, dañados por el fuego, no supieron distinguir y se abrazaron al primer cuerpo que vieron, confundiéndome con una de las hermanas de la comunidad. Ante el impacto del pequeño, consumido por las llamas, me había desvanecido.
__ Has de ser fuerte, decía Claudia. Aquí te vas a encontrar con más desgracias de las que a veces puedas soportar, pero tienes que aprender a sobreponerte y seguir adelante sin que la piel se agote. Te acostumbrarás.
__ ¡Sin que la piel se agote! ¡Cuanta razón tenían aquellas palabras!. Tuve que recurrir tantas veces a aquella expresión en los días siguientes, que hice de ella un mantra sagrado. Sin que la piel se agote, sin que la piel se agote... Aunque el alma llore por dentro, que no se agote la piel, ese era el lema.
Pero yo sólo era una simple enfermera recién salida del cascarón, sin más experiencia que los dos años de prácticas de la escuela y con un alma novel, llena de proyectos y poco curtida.
Claudia iba a ser mi tutora durante los próximos meses y aunque era tremendamente dulce, la presentí desde el principio como alguien anclada en la desdicha, hecha a los golpes; tan segura y tan fuerte que me transmitía entusiasmo y envidia en iguales dosis.
A la mañana siguiente nos dirigimos al “poblado del amarillo”; le llamaban así por el color de la tierra que cubría el asfalto de sus calles.
Acudimos al entierro del hermano pequeño de Marcos, que falleció en el incendio y visitamos a su madre y a los otros dos hijos que permanecían alojados en casa de una vecina, alrededor de una mesa camilla mugrienta y raída, con cuatros sillas desencoladas, que junto con una pequeña vitrina de espejos carcomidos, componían todo el mobiliario del salón. Me sorprendió la entereza de esas dos mujeres que unidas en la desgracia compartían lo poco que tenían sin dejar de mirar al futuro con esperanza, sobre todo sin lágrimas.
Continuando camino, con el alma encogida todavía y sin apenas darme tiempo a reponerme, llegamos a un “galpón” grande, una nave destartalada y mal pintada que por su tamaño sobresalía del resto de las casuchas. Frente a una puerta descascarillada, un grupo de chicos y grandes parecía esperar el comienzo de algo importante. Margarita, la fundadora del comedor “Los Piletones”, los iba saludando casi uno a uno por su nombre, hasta dar de comer a los ochocientos noventa, entre niños y mayores que alimentaba a diario.
Todo empezó con un asentamiento de cartoneros que vivían de la venta del cartón. Margarita cobró una herencia, vendió las tierras y decidió dedicar el beneficio para “reponer barrigas”, hasta que dé de sí, como ella dice. Con la ayuda del voluntariado que ha ido formando y de las donaciones que recibe, sin ninguna ayuda institucional, ha conseguido además abrir una guardería, un centro médico y una biblioteca. Para los chicos del comedor es “Mamita”, para el pueblo, Margarita Barrientos, yo, siempre la veré como un ángel.
Nuestro próximo destino era el hostal de María. Claudia había recibido una llamada suya pidiendo ayuda, y mientras recorríamos a pié los casi dos kilómetros que nos separaban de su casa, me iba contando la historia de esta valiente chilena a la que la adversidad no había conseguido amilanar.
María era una mujer fuerte que con treinta años ya había sido madre de cuatro hijos, incluyendo un infante que nació infectado por el virus del sida y murió meses más tarde. Cuando su análisis dio seropositivo en mayo del noventa y nueve, ella había convivido con su esposo durante doce años sin mantener relaciones con ningún otro hombre que no hubiera sido el padre de sus hijos, quien por otra parte, nunca había mostrado ningún signo de infidelidad. Tuvo que aceptar en pocos meses, no sólo las consecuencias de la enfermedad, sino el abandono de su cónyuge, que al enterarse, la negó todo tipo de apoyo dejándola desahuciada y desprotegida. Pero María, lejos de abandonarse a su desgracia, siguió con el negocio familiar, un humilde hostal, herencia de su padre, que le servía de sustento.
Cuando llegamos, María estaba en la cama. Los pequeños no regresarían del colegio hasta por la tarde y Raúl, el mayor de doce años se estaba encargando del negocio. El dolor se estaba haciendo insoportable, la enfermedad le consumía día a día y aunque económicamente iban tirando, necesitaba medicamentos para paliar los síntomas .Después de una breve charla con ella y tras anotar sus peticiones, nos despidió con una amplia sonrisa y con un gesto de agradecimiento que no olvidaré jamás.
__ No te me vengas abajo, insistió Claudia como si de una orden se tratase. Tienes que aguantar por los niños.
__ ¡Nunca! ¡Eso nunca! respondió María con una afirmación y una rotundidad que me dejaron perplejas. ¡Consígueme los medicamentos y volveré a rodar como el mejor carro!.
Hicimos un breve alto en el camino para comer algo en la bocatería más cercana y descansar un poco del trayecto, y por la tarde, después de visitar a Doña Francisca, la maestra que aún casi con ochenta años seguía dando clases en su casa desinteresadamente y tomar un té con ella, nos dirigimos al único hospital de la zona para visitar a Marcos y conocer las instalaciones.
Allí nos recibió Tegualda, la directora del hospital. Una mujer valiente y luchadora que ante la escasez de medios y el afán por aprender, escribió con tan sólo diecisiete años una carta al mismísimo Presidente de su país solicitando una beca para estudiar medicina, y para sorpresa de todos se la concedieron, diplomándose años más tarde como médico cirujano.
Ella es doctora, enfermera, padre, madre, hermana, amiga, y en ocasiones, el único referente cercano y familiar con el que sus pacientes cuentan. Trabaja ininterrumpidamente y sin horario establecido, según las necesidades del guión, como ella misma explica, ya que... cuando prima la vida, no valen los descansos.
Sin medios, sin los medicamentos más elementales y con grandes dosis de ánimo y entrega, Tegualda realiza una labor que sólo está recompensada por la satisfacción interior que el brillo de sus ojos delata.
Marco reposa dormido sobre una de las seis camas que componen el habitáculo, y el olor a carne quemada que subyace aún bajo las vendas es tan intenso que ha impregnado inevitablemente la estancia provocándome una extraña sensación de angustia y asco al mismo tiempo.
__ Las quemaduras del cuerpo sanarán. Se convertirán sólo en viejas cicatrices, explica Tegualda, pero no creo que recupere la visión, sus ojos están demasiado dañados.
Lo dijo tranquila, sin inmutarse, como una lección aprendida ante el dolor, que me dejó el alma tan helada que no pude evitar salirme fuera a llorar durante un buen rato. Entonces, saqué la libreta donde iba tomando nota de cuanto acontecía y anoté: “Hoy ha sido un día duro, me temo que a éste le seguirán muchos otros. Ya no sé si creo en Dios, pero si existe, sólo le solicito que vele por mi piel, el alma hace ya rato que ha caducado”.
Terminamos el día en el espectáculo de variedades de “La Gorda Tomasa”, una cubana dicharachera y simpática que a pesar de tener diez hijos y catorce nietos, se dedicaba a cantar y bailar al aire libre por el simple placer de entretener, aportando lo mejor de sí misma, con más esfuerzo que sapiencia, para paliar posiblemente el dolor de sus semejantes.
Más tarde nos explicaría en una distendida charla que la vida es un mercadeo sin beneficios en el que quien más tiene es quien más debe dar.
Chile era así, una mezcla de tristeza y alegría en la que era fácil pasar de un extremo a otro sin ningún periodo de adaptación, como en una constante necesidad de compensar el dolor con la ironía.
Ya de vuelta en casa, y después de una cena carente de abundancias, terminé de hacer mis anotaciones en la libreta mientras comentaba con Claudia las incidencias de la jornada.
El día siguiente se sucedería lo mismo, y el siguiente igual, y así hasta completar los tres meses de voluntariado que pasé en Santiago de Chile, con circunstancias diferentes, pero con un mismo denominador común: la pobreza, la miseria, la adversidad, y el instinto de supervivencia del género humano luchando contra todo ello, sobre todo las mujeres.
Curiosamente cuanto más se desciende a las capas marginales, más se palpa la fortaleza del sexo femenino, mientras que el hombre queda más relegado al trabajo fuera de casa y casi ajeno a los problemas cotidianos.
He tenido la gran suerte de vivir a pie de asfalto con mujeres que son escudos del patriarcado, a las que la pobreza y la miseria las viste con sus mejores galas sin perder el obligado adorno de la resignación.
He visto lágrimas y sonrisas de esas que hacen perder el miedo y abren las puertas de los sueños.
Frente a las mayores dificultades, hay mujeres que renacen desde el pozo más oscuro para mantener viva la memoria, la fe y la esperanza, porque entienden que no hay guerra que las mate, arma que las destruya ni paz que las oprima.
Me cuestionaba cada vez con más frecuencia mis creencias religiosas, y en las largas noches de interminables charlas con Claudia, este tema siempre acababa apareciendo de una u otra forma. Y así, poco a poco, aquella misionera Chilena se fue convirtiendo en cómplice silencioso de todas mis confesiones.
Cada nueva jornada que enfrentaba era una duda añadida a cerca de ese ser divino y bondadoso que permitía que todas aquellas desgracias ocurrieran, mientras Claudia, mi dulce y paciente Claudia intentaba explicarme al caer la noche que Dios estaba en todas partes, aún cuando costase trabajo aceptarlo.
La libreta de anotaciones creció tanto que se convirtió en cuaderno, y Claudia siempre bromeaba al respecto diciendo que algún día terminaría construyendo un libro con aquellas historias, que me haría famosa y volvería con las ganancias a compartir las riquezas con los pobres.
__ Pero necesitarás un título decía.. un buen título.
Y yo siempre le respondía:
__ Esa será, antes de irme, la última confesión.
Transcurridos los tres meses, al despedirme le hice entrega de aquel cuaderno como una pequeñísima muestra de agradecimiento hacia todo lo que me había enseñado, por tantas vivencias compartidas.
__ Toma Claudia, es tuyo. Para que siempre me recuerdes.
__ No puedo aceptarlo, me dijo. Es tu historia, la recopilación de un montón de horas vividas.
__ Las vivencias y los recuerdos permanecerán imborrables en mi alma. No lo necesito, le respondí.
Me quedo con el título, es lo único que le falta y ese sí quiero que sea mío. ¿Recuerdas?... La última confesión.
__ Bien respondió Claudia. ¿Qué título le pongo entonces?.
Subí al autobús apresurada para ocultar el dolor de la despedida. Me asomé por la ventanilla sin poder contener las lágrimas, y al verla llorando desconsoladamente le grité.
__ Claudia... ¡Dios es mujer! Ese es el título.

viernes, 25 de febrero de 2011

Como vuelo de Gaviotas

Había pasado mucho tiempo desde que las tupidas trenzas que reposaban en la cumbre de sus hombros, dibujaran destellos rojizos en su rostro infantil...
Tal vez porque su vida nunca fue una explosión de fuegos de artificio, porque siempre se observó extrañamente absurda y diferente bajo aquel ridículo uniforme tableado de sus tiempos de colegiala, o porque los pliegues de su alma de mujer estaban tan anclados a las cuadras de aquellos establos como ella misma, fue que un día, tomar conciencia de quién era y de cuál era su lugar en el espacio que ocupaba, no le llenó de júbilo.
No había llegado al mundo con un manual de instrucciones que delimitara con estricta precisión las pautas a seguir, ni conocía de la existencia de ninguna brújula capaz de orientar el punto cardinal exacto al que debe dirigirse alguien que ha extraviado el rumbo interno. Ni siquiera estaba segura de haber perdido el norte alguna vez, y lejos del conflicto interior que mantenía con el mundo, más por el propio mundo que por ella, siempre entendió a la perfección las palabras determinantes en las que la voz de su conciencia se expresaba, y el mensaje que le transmitían.
En perfecta concordancia con su yo interno, como quien pretende alinear un velero escorado, Adriana sabía que había llegado el momento de variar el rumbo, aún cuando el timón, resultase un enemigo difícil de manejar.
Así fue que esa tarde de vacaciones, con las brillantes notas de su graduación en la mano, a la edad en la que todos sienten que la vida empieza y la felicidad puede resumirse en la agradable escena de la espuma y el sonido que dejan las olas del mar al chocar contra el acantilado, ella sintió que comenzaba la próxima labor de su existencia.
Una cena al atardecer, ligera y desprovista de adornos, le proporcionó el momento para mantener con su madre una charla distendida, y para comprobar por enésima vez, que contaba con su aprobación silenciosa, pero no con un voto que jamás emitiría, porque hacerlo, sería tanto como pronunciarse en contra de la voluntad de un marido al que debía lealtad.
Su padre y ella lo habían discutido muchas veces, y las cuadras de caballos no eran el lienzo más adecuado sobre el que una señorita debiera dibujar su futuro... Serían sus hermanos Pedro y Rubén los que se hicieran cargo del negocio familiar junto con su padre, mientras ella partiría a la ciudad para volver convertida en toda una maestra.
__ ¿Maestra?
¿Para qué quiero ser maestra? repuso Adriana en claro desacuerdo. ¿Para terminar, como tú, casándome con el rico del pueblo y morir de aburrimiento, mientras bostezo remendando calcetines? ¿Ese es el futuro que habéis preparado para mí?
No madre, no te equivoques; yo no pienso seguir tus pasos.
Abandonó la mesa con talante airado, y dando un portazo, se dejó caer sobre la cama de su habitación como quien pretende descansar todo el peso del abatimiento en un sólo gesto.
Se desataron las danzas de todos sus fantasmas interiores, azotándole la sangre, recordando de nuevo los infiernos infantiles entre los que se había quemado tantas veces. Las tumbas de su destino olían a podredumbre y hastío embalsamados, y los lúgubres cuarteles de su vida, se convertían otra vez en prisiones salvajes que le ahogaban entre las sólidas cadenas de la incomprensión.
La sensación de soledad fustigaba sin piedad sus ilusiones, mutilaba su cordura y su paciencia, y entre las ruinas de su infancia se proyectaban todos sus pecados como recuerdos malditos que hoy despertaban su vergüenza.
Recordó el amargo perfil de una niña pelirroja embutida a la fuerza en aquel traje de ballet, haciendo equilibrio sobre el filo de unas zapatillas que nunca la sujetaron de puntillas. Escuchó el eco de la voz de su padre, obligándole a seguir con aquel circo, y gritando contrariado que no cesaría hasta hacer de ella una señorita, mientras ella se prometía a sí misma contradecir todas sus normas y romperle todos los esquemas. Ninguna disciplina impediría a sus alas de gaviota desplegarse en vuelo libre.
Evocó de nuevo aquellas viejas fotos con vestidos de cursis volantes, las mismas que rompiera años mas tarde a escondidas de su madre, cuando los lazos del pelo le empezaron a pesar demasiado. Y revivió una vez más su adolescencia, y aquellas tardes grises de domingo, y el cuarto sencillo de Mercedes, su amiga inseparable, donde terminaba enfundándose los vaqueros que sustituirían al refinado atuendo de mujercita con el que sus padres la obligaban a salir de casa.
Tenía sólo dieciocho años y el pasado ya era una losa pesada que encorvaba su espalda hasta humillarla.
__ ¡Una señorita! ¡Querían hacer de ella una señorita!... ¡Qué ironía!
¿Acaso su padre se habría preguntado alguna vez lo que sentía? ¿Habría permitido el rango de perfección de Don Pablo que se plantease siquiera el por qué su hija odiaba el color rosa, los vestidos cursis y los adornos florales en el pelo? ¿La estricta pulcritud de sus principios le habrían llevado a cuestionarse qué sentimiento subyace bajo ese tipo de actitudes, o pensaría simplemente que eran manías de una niña mal criada?
El inconfundible relincho de Atenea, su yegua, la hizo abstraerse de la tortura de serpientes venenosas que reptaban en su vientre, y recordó los paseos a caballo desde niña, y cómo Pedro, su hermano mayor, le había enseñado a ensillarlos contraviniendo las órdenes de su padre.
Adriana había crecido entre esos animales a los que tanto amaba, peinando su crin, desenredando su cola con delicadeza, limpiando sus cascos y engrasándolos para que estuvieran siempre a punto. Sabía adecentar el suelo de los boxes y proporcionarles una cama seca para que pudieran descansar plácidamente, y estaba tan acomodada en ese ambiente, que parecía que todo ese imperio que su padre había levantado, hubiese estado aguardándola siempre, como un entorno pleno y dichoso al que sintiera exclusivamente suyo.
Dejó resbalar algunas lágrimas hasta que por fin el sueño fue cerrando tímidamente el paso de todas sus desdichas.
La despertó el ruido de la calesa de su padre en la mañana, y la voz del mozo de cuadras al saludarle.
__ Bienvenido Don Pablo... ¿Qué tal el viaje?
La sonora aspiración nasal de Don Pablo y el posterior sonido de la expulsión del esputo, no dejaron lugar a dudas a Adriana de que efectivamente su padre estaba de vuelta.
La ventana le permitía un ángulo completo y apenas tuvo que incorporarse en la cama para distinguir el perfecto perfil de su sombrero. Se colocó la bata y descendió las escaleras apresurada con la esperanza de que el boletín de sus sobresalientes calificaciones consiguiera ablandarle un poco el corazón.
__ ¡Qué grato verte de nuevo, papá! ¿Cómo te ha ido?
__ Dame un beso princesa. ¡Qué ganas tenía de verte!
__ Aquí tienes mis notas. ¡Por fin me he graduado!
__ Así se hace hija mía, el curso que viene comenzarás tus estudios superiores en la ciudad y antes de que te des cuenta estarás de nuevo en casa con un porvenir digno de la mujer en la que te has convertido.
Adriana expuso un nítido despliegue de sus argumentos e intentó convencer a su padre una vez más de que si alguna vez hubo un paraíso especialmente diseñado para ella estaba allí, en aquel rancho que se perfilaba a su medida.
__ No insistas Adriana, ya lo hemos hablado muchas veces. Este no es porvenir para una mujer. Irás a la universidad y serás una brillante maestra, y un día me lo agradecerás.
La voz de Don Pablo sonó tosca y severa, más firme que nunca, y Adriana supo en aquel preciso instante que había perdido la batalla.
En un último arrebato de rabia, replicó:
__ ¿Por qué? Dame un sólo motivo que justifique que yo no pueda quedarme en este rancho como mis hermanos. Si te queda un poco de justicia, dame una razón; una maldita razón.
La mirada expresiva de Don Pablo se tornó más iracunda que nunca, y con gesto decidido, la tomó por el hombro y la llevó a la parte central del cobertizo, la única zona que se hallaba cubierta por cristales.
__ Mira hacia arriba Adriana, y dime que ves.
__ Un tejado de cristal papá, respondió ella. Es el tragaluz que hiciste construir para que los caballos tuvieran claridad.
__ Así sois las mujeres Adriana, como un tejado de cristal. Transparentes y aparentemente firmes, pero no sólidas. Tan frágiles y vulnerables como ese tejado a merced de una gran tormenta.
Adriana bajó la cabeza en señal de sumisión. Conocía ese discurso con todo lujo de detalles y sabía que nada cambiaría la obsoleta visión desde la que su padre concebía el mundo.
El día era una inmersión forzosa hacia un pozo profundo y oscuro donde no se vislumbraba la luz, y el sollozo silencioso de Adriana era un himno aprendido que sacudía las opacas campanas de la resignación.
Caminó al caer la tarde, hacia el mar, buscando el refugio de las gaviotas que poblaban la playa al atardecer. Durante aquel verano que separaba su presente de su futuro más inmediato, repetiría aquel mismo camino mucha veces. Se sentaba en la arena, con las manos extendidas hacia atrás y la mirada fija en el horizonte, y se sumergía en el tiempo observando a las gaviotas en sus constantes cabriolas geométricas.
Su corazón era una piedra rota que ahora palpitaba débil de dolor, y en ese desánimo que la vestía, sólo quería sentirse libre como ellas. Ser gaviota sin sexo aparente ni diferencias de género que las distinga... simplemente gaviotas.
Pensó durante horas en la simplicidad del mundo y en como nos empeñamos en complicarlo a veces, y sus ideas se iban sucediendo casi atropelladas. El perro tenía su sexo opuesto, la perra. El gato, la gata. El gallo, la gallina. La oveja, el carnero... y así sucesivamente. Sin embargo para las gaviotas no había género; eran simplemente, eso, gaviotas; tan audaces e inteligentes que podían elegir sus parejas sin mostrar el correspondiente registro que las acreditase como tales.
Ella sólo quería ser persona, una entidad propia, libre e independiente, sin ningún estereotipo que la encasillase en lugar u otro. Una mujer sin etiquetas. No pretendía ser igual que sus hermanos, ni falta que le hacía. Adriana tenía perfectamente asumido el rol de la diferencia y era consciente de que la lucha por la igualdad de sexos era una batalla mal enfocada y una guerra perdida de antemano. La mujer y el hombre habían nacido diferentes y se morirían diferentes, y era eso precisamente lo que les hacía atrayentes y complementarios. Tal vez, el único argumento válido fuera educar en el derecho a esa diferencia y en el respeto por la misma, sin que fuera óbice de discriminación, superioridad o menosprecio, ni para unos ni para otros.
La tarde había cumplido su objetivo, y las nubes que llevaban horas amenazando lluvia, comenzaron a vaciarse sobre aquel paisaje que se tornaba oscuro y taciturno. Ni la tormenta que sobrevino después hizo que Adriana desdibujara ni un milímetro el ángulo que formaba su cuerpo con la arena. Se quedó prendida del último relámpago y sin dejar de observar como las gaviotas se batían en retirada, recordó cada dato de los que había ido recopilando a cerca de aquellos animales que tanto le fascinaban.
Contempló su vuelo de garbo fácil y la firmeza de su estructura corporal, gracias a la cual podían volar durante horas sin posarse. Reprodujo de nuevo en la memoria su mirada entre agresiva y expectante, y su capacidad de adaptación al medio, sobrevolando por encima de cualquier dificultad. Y revivió otra vez aquella frase que alguien había empleado tiempo atrás para definirlas: “ La naturaleza premia a los más fuertes y a aquellos que saben programar sus habilidades en consecuencia con el medio hostil en el que han de batallar y moverse”. Hablar de gaviotas era hablar de la supervivencia y la lucha por el medio, hasta tal punto que en caso de un holocausto nuclear, sólo las gaviotas y las ratas sobrevivirían.
Adriana elevó por última vez su mirada al cielo. Había decidido poner en práctica aquel aprendizaje, y aunque sus llagas aún supuraban y las espinas de la ira rozaban casi el odio, empezó a desentrañar uno a uno los puñales que la habían herido de muerte.
Había perdido su territorio, su fe, sus motivos, sus raíces, su presente, su orgullo, su firmeza, su paz... y su mejor sueño, yacía entre los escombros de un tiempo que ya no le pertenecía. Aquel encierro injusto le condenaba a esperar para seguir despertando, pero aquella guerrera que habitaba en su interior, aún no había muerto; sólo estaba mal herida.
Decidió combatir el infortunio con sus mejores armas y disfrazar el duelo de olvido hasta conquistar la bandera de la independencia, y como vagabunda que acepta su destino, desanduvo los pasos de regreso a casa. Vacía pero viva, herida, pero segura, ascendió sobre el abismo del huracán negro que la intentaba atrapar, y con paso decidido, atravesó la línea divisoria entre la cobardía y la venganza y comenzó a ocultar su tristeza entre suspiros mudos que eclipsaron su sufrimiento.
Octubre la trasladó a la ciudad y las puertas de la facultad se abrieron a su llegada tal y como su padre hubiera pronosticado tiempo atrás..
Inmersa en un ambiente que no era el suyo, y ante una profesión para la que no quería prepararse, decidió declinar sus responsabilidades y suspender sin tregua, con la única intención de herir el orgullo de su padre. La respuesta de Don Pablo no se hizo esperar y pronto le amenazó con vender su yegua si no cambiaba de actitud frente a los estudios, pero Adriana esta vez no estaba dispuesta a doblegarse ante nada ni ante nadie.
Aprovechó ese tiempo de descubrimientos y asueto que le ofrecía la ciudad y no dudó en beberse a pequeños sorbos cada uno de los momentos de ocio y diversión que le regalaba el destino. Visitó monumentos, cultivó amistades gratificantes y edificó sólidos cimientos que le convirtieron en una mujer mucho más segura, abandonando su suerte en manos de la providencia, en la firme convicción de que el destino tiene siempre la última palabra.
El tiempo fue pasando....
Una llamada de Pedro, el mayor de sus hermanos, señaló para siempre aquel lunes aburrido y monótono del recién estrenado mes de febrero. La voz acongojada, resonaba deshecha en amargura desde el otro lado del auricular. Su padre había muerto. Se disponía a meter a Atenea en el cajón que la transportaría al mercado de ganado, cuando ésta, inexplicablemente le propinó una coz que había precipitado su cuerpo contra el suelo, y el golpe había sido mortal.
La perplejidad de Adriana ante la fatal noticia, la sumergió en una catarsis que la mantuvo absorta del mundo casi todo el día. De regreso a casa, y en los momentos que precedieron al sepelio, las preguntas se sucedían en cadena, y las escenas que habían dado forma a la lucha sin cuartel que había mantenido con su padre desde niña, transcurrían ahora ante sus ojos como una película que se proyecta sin permiso.
Dicen que los caballos tienen un sentido extra, capaz de percibir la intención de quien les doblega, y sin duda, Atenea, debió captar la ira de su padre y su disposición a deshacerse de ella, respondiendo salvajemente en un instinto de supervivencia innata, porque nunca antes había denotado signos de violencia.
Terminado el entierro, y sin mediar palabra alguna, Adriana regresó a la facultad para recoger sus cosas y esta vez volvió al rancho para quedarse definitivamente. Con su padre muerto, había muerto también su principal opositor, y ni sus hermanos ni su madre manifestarían ninguna resistencia ante una decisión que siempre habían entendido y respetado.
Adriana ocupó por fin aquel lugar que siempre le había pertenecido por derecho y fue acumulando años en la sagrada obligación del deber bien cumplido, desempeñando sus funciones como un miembro más.
Su carácter aventurero y su marcado poder de decisión contribuyeron a expandir el negocio, y con el paso del tiempo, adquirieron nuevos terrenos y ampliaron nuevos contratos, a mujeres y hombres indiscriminadamente, tal como ella siempre había soñado.
En la valla de entrada al recinto, justo donde cayó su padre desplomado, hizo colocar un cartel con la siguiente inscripción:

El Rancho “La Gaviota” les da la bienvenida...
__ Somos un colectivo de hombres y mujeres, que aceptando nuestras diferencias,
trabajamos desde el derecho y el respeto a la igualdad como personas __